
Bastión del alma de María Gricelda Grández, por Katherine Rengifo
16 de junio de 2026
Convocatoria Ebook «Habitante de mi pecho», antología dedicada a nuestras mascotas
16 de junio de 2026—Puta, en esa época éramos unos forajas. Tú estabas esa vez, ¿te acuerdas? Nos colamos a un quinceañero en Mariscal Miller; bueno, siempre nos colábamos, que yo recuerde, nunca nadie nos invitó a una fiesta. Pero nos metimos con concha y pana, dándole la mano al dueño de la casa y preguntándole por su señora, método infalible para que el tío no titubee y nos dejara entrar. Adentro, nos desazonó el ambiente, porque el tono estaba monse y las hembras peor, pero nos jaló el ojo una garrafa de Johnnie Walker etiqueta negra, esas con base de alambre para que la botella gire, un botellón que no bajaba del medio galón. Era una época de prohibición de importaciones y una cosa de esas era de pocos pudientes y nosotros cumplíamos cabalmente con ese perfil. Qué huevón el dueño de casa para exhibirla como trofeo sobre la mesa del comedor en una casa llena de malandrines —entonces no sabíamos que “el ladrón cree que todos son de su condición”—. Ya no recuerdo quién, pero los cuatro nos quitamos los sacos, dimos unas vueltas alrededor de la garrafa y alguien se la encaletó bajo el saco. Caminamos con clara actitud sospechosa hacia la puerta de la casa donde el dueño seguía recibiendo a los invitados, le volvimos a dar la mano, dejamos saludos para su esposa y nos arrancamos con el botín al Parque Castilla, donde nos metimos una borrachera estúpida. Tú te fuiste a la mierda rapidito, como siempre. Buitreaste todo el parque, hasta que llegó un patrullero y los policías nos mandaron a retirarnos, so pena de meternos presos si volvían y nos encontraban. Nos fuimos a chupar a otro lado, tú en calidad de paquete, tal vez a El Olivar o el Parque de Fátima, no sé cuál, porque esos eran los otros sitios a los que íbamos siempre que estábamos en el “meche” de El Sapo.
—También he buitreado essse carro, —dijo El Trinche, con la risa ronca.
—Otra que me acuerdo es una de El Serferito y El Piticlín, ambos vivían en el rico Lince, o sea, eran patas de barrio y de colegio. Esa vez éramos El Serferito, El Matón, El Piticlín y yo —seguía contando El Oso, una de esas noches reunidos en El Bolivariano, las mesas llenas de chelas, medias reses y un par de platos familiares de anticuchos, choclos, papas doradas y demás criolladas—. Para variar, nos colamos a otro tono, a unas cuadras de la casa de El Piticlín. Ahí sí no nos atracaron el salto o creo que El Piticlín se pasó de lanza con la quinceañera y los hermanos mayores de la flaca le metieron su gomina. La cosa es que saltamos —el roche ya era en la calle— y nos agarramos a puñetazos con los huevones, que no contaban con nuestra contextura y con el hecho de que El Serferito y El Matón, aparte de fierreros, se ponían animales si de bronca se trataba. La imagen que tengo grabada en la memoria es la de la retirada. A los dos hermanitos que osaron tocar a El Piticlín, El Matón y yo los teníamos agarrados de los pelos. Ya habíamos subido al Hillman de El Serferito; en el asiento de atrás iban abrazados El Matón y El Piticlín; adelante, El Serferito manejando y yo de copiloto, cada uno con el brazo afuera de la ventana sosteniendo de los pelos a ese par de infelices. Mientras El Serferito aceleraba, empezamos a golpearles la cabeza contra la puerta del carro, hasta casi una media cuadra después cuando los soltamos y el par de hermanitos rebotaron contra el asfalto. ¡Cojudazos! De ahí, nos fuimos a seguir chupando.
—Oye imbécil, ¿te crees El Fantástico? ¡Tú no peleas ni mierda, huevón!
—¡Calla, cabrón, vamos afuera si quieres!
—¡Salud por los buenos tiempos, carajo!, —gritó El Sapo, cerrándole el pico a los dos pleitistas mientras masticaba un anticucho y levantaba su chilcano. —¡La próxima chupeta la hacemos en Lince!
Pan Con Huevo, Lev Vidal
Un salón de clase, una «mancha», un equipo. Ahí se aprende a sobrevivir. Pan Con Huevo es un viaje sin filtro al corazón salvaje de la adolescencia y al patio del colegio donde unos chiquillos usaban latas como pelotas, inventaban apodos insólitos y se hacían hombres. Un microcosmos de personajes entrañables —o personas reales, quién sabe— que, a través de la voz de El Chibolo, cuentan episodios de su vida escolar y su reencuentro adulto, matizados con mucha música como banda sonora de cada momento. Con lenguaje callejero, visceral y fresco, la novela mezcla humor ácido y una nostalgia que aprieta el pecho. Una mirada honesta a la amistad masculina, en la que se ama jodiendo y se recuerda riendo. Una alegoría sobre el pasado que vuelve y las marcas que no se borran.
—El Chibolo
100 disponibles




