
Una firma, un libro y Bryce
10 de marzo de 2026
Libre e independiente presente en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
19 de marzo de 2026Presentamos un avance del nuevo libro de Jeremías Martínez Rodríguez en preventa hasta el 31 de marzo.
DOMINGO
[RESACA]
Ya quiero levantarme, Sandra. No quiero estar aquí. Ya me cansé de dormir y dormir todo el día. Parece que hace un sol que no arde allá afuera. Y que el día está bonito y corre un viento fresco. ¿Te gustaría que vayamos a ver la calle alumbrada juntos? ¿Te gustaría eso, bonita? ¡Cierto!: tú también detestas el sol. Pero, la verdad, lo decía porque me duele el cuerpo por estar tanto tiempo en esta misma posición. Ya casi ni siento las piernas ni las manos. Solo esta humedad en la almohada, como si mi cabeza hubiese sido rota. ¿O será por todo lo que me metí anoche? Es curioso. No sé cómo llegaste. ¿Quién te avisó de esta fiesta? ¿Supiste alguna vez que la organicé por tu cumpleaños? Tenía preparado el regalo, pero, como ves, he fracasado en entregártelo. Lo importante es que estás aquí. Dime, bonita, ¿te irás más tarde? ¿O te puedes quedar a dormir? Nunca pudimos despertar juntos, salvo contadas tardes que ahora se alejan como los autos que van hacia el sur. Aunque, en estas condiciones, no me apetece más estar echado. Quiero caminar, salir a la calle, abandonar este encierro. Es que yo me prometí que, pasado tu cumpleaños, saldría para siempre de todos lados: de esta habitación, de esta casa, de mi cuerpo. Y que ya no volvería más a sentirme como derrotado por los sueños. Pero he prometido muchas cosas. Tal vez haya sido que he desaprendido a distribuir mi tiempo y que ya las promesas largas es mejor dejarlas para el final.
Pero tenía la prisa exagerada de cumplir con lo requerido. Tu cumpleaños fue ayer. Toda la tarde, un día antes y con dificultad, ordené la casa. Me aseé también un poco. Dejé listo todo para que nadie venga. Tú sabes que soy de rituales. Y sí, sé que te parece cansado eso. Que al principio te pareció tierno que asegurara la puerta unas diez veces, luego de que entráramos a cualquier habitación. O que me acerque a ella para ver si no se ha abierto, o no han intentado violentarla. Y cuando comprobaba que todo estaba correcto, regresaba a la cama, más sonriente, menos ocupado. «Contigo me siento segura», me decías, «siento que nadie va a entrar y no va a pasar nada». Pero con el tiempo, cuando estos pequeños ritos se alargaban porque había que seguirlo todo con meticulosidad, te fue pareciendo desesperante. Sí, ya sé que nunca lo dijiste; pero siempre te he dicho que el silencio es súper elocuente. Entonces, empezó a fastidiarte el tiempo que consumía en ordenar los sonidos para poder decirte las cosas más claras. Pero yo no desistía. Sabía que, por primera vez en la vida, la persona que quiero no se enoja para siempre conmigo. Y eso era todo. Eso bastaba por entonces. Por eso traté de no ser tan, cómo decirlo, obsesivo con las ideas. Pero, ya debiste entenderlo, mi peor enemigo está dentro de mi cabeza. Por eso debo dejarlo libre. Y tú no sabes lo cansado que es lidiar con ello.
Lo que sí sabes es, seguramente, lo terrible que puede ser lidiar conmigo. No me justifico, pero mi cabeza siempre es un concierto de alaridos. Suena terrible, lo sé. Pero, Sandra, ¿alguna vez te dije que era perfecto? Te dije, eso sí, que soy mejor. Y te lo demostré. Todo el cariño y todo el tiempo. Mira, si no, cómo dejé las huellas de mis besos en tus mejillas ardientes. O cómo explicas que este domingo, luego de la intoxicación de anoche, del viaje alucinante que me propuse, estés aquí. Yo no te he llamado. Tú te apareciste en mi habitación para despertarme y decirme: «Mi niño, ya es tarde. Deberías despertar». Me pareció entonces que veía todos los cielos en tus ojos. Mi corazón se agitó y solo supo latir en tu nombre. Cuando tomaste mi mano, me dijiste: «Estás helado. ¿Has dormido descubierto?». «No lo sé», fue lo que balbuceé, porque ya no puedo hablar, todo se me ha paralizado. Lo importante es que estás aquí. Y no hay nada más maravilloso.
Pero te repito, ya no quiero estar echado. Me siento prisionero de mi propio dolor. Quisiera, por lo menos, recoger mis huellas por esta habitación. Vamos, permite que me ponga de pie. Tú eres buena chica, sé que lo harás. ¿Sí? Eso, dame tu mano que levanto este cuerpo obeso de la cama más asfixiante del mundo. Es en vano. No respondo. Estoy como adormilado. Mi cuerpo lo está. Me siento cansado de estar así. Quisiera salir, besar los postes, reírme en las esquinas. Pero camino al revés. Ya ni siquiera sé pintar colores con el corazón. Sé que, si no es ahora, me tendré que levantar más tarde. Mañana es lunes otra vez. Y la semana debe empezar limpia. Por eso tengo que ordenar todo el caos que armé anoche en la tremenda fiesta que realicé en tu nombre y a la que no te invité. ¿Tu regalo? Por aquí lo tengo. Se trataba de una performance, de esas que se hacen una sola vez, pero se recuerdan siempre.






