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Respecto al fallecimiento de Bryce Echenique, aparecen múltiples recuerdos donde el resultó el causante de ellos, indirectamente, claro está.
De ellos, rememoró la Feria del Libro de Lima (FIL) del 2024, en la cual asistí en diversas fechas, aprovechando que el programa SECIGRA me brindaba grandes libertades respecto a mi tiempo. Una de ellas tuvo como único objetivo conocer y conversar, así sea por unos minutos, con el maestro Bryce en una firma que realizó de sus libros en el marco de la FIL.
Mi madre, siempre dispuesta a acompañarme en mis locuras, aceptó comenzar la fila desde las 11:00 a. m. para acceder a la firma de libros. Por mi parte, apenas salí del trabajo, corrí al Parque de los Próceres para reunirme con ella y ocupar mi lugar. Debí llegar alrededor de las 3:00 p. m., y mi madre, ya impaciente, renegó con justo ímpetu por haberla hecho esperar durante varias horas bajo el sol.
Más se habría enfadado, y probablemente recién lo descubra al leer estas líneas, si hubiera sabido que toda aquella aventura no respondía a un interés exclusivamente literario, sino al impulso romántico de un entonces joven Chocano enamorado. Por aquellos días, con el afán de despertar la atención de una muchacha, me propuse conseguir que su ejemplar de Un mundo para Julius, una de las primeras ediciones, fuera firmado por el propio autor.
Incluso recuerdo que, cuando consulté a la editorial encargada de organizar la firma sobre los requisitos para acceder a ella, me informaron que era indispensable adquirir uno de los libros más recientes de Bryce. En aquella ocasión, el título exigido fue Desde la hondonada 1. Cartas a François Mujica (1965-1999). Costaba 110 soles, u 80, no lo recuerdo con exactitud. Lo cierto es que mi sueldo de practicante apenas pudo soportarlo.
Ya en la fila, me encontré ubicado en el quinto puesto, o algo cercano, y no quedó más que esperar cerca de cinco horas hasta que Bryce, por fin, apareció. La espera, sin embargo, fue mucho menos pesada gracias a la buena conversación con Rafael Ballena, al gusto de haber conocido allí al gran amigo Vitochín y, aunque fuera por teléfono, al buen Cabotín.
Cuando al fin lo tuve al frente, en lugar de comentarle que yo también escribo, o de hacerle alguna pregunta sobre las obras suyas que leí, terminé contándole sobre aquella muchacha para quien quería la dedicatoria, como si en ese breve instante importara más mi torpeza de hombre templado que cualquier conversación literaria con una luminaria.
Lo jocoso fue que mi historia pareció conmoverlo. Me dijo que, al final, todos cometen alguna locura por amor y que me firmaría ambos libros, aunque en un inicio solo estaba previsto que firmara uno. Así, terminé llevándome no solo el ejemplar que acababa de comprar, también aquel Un mundo para Julius que había llevado con tanta esperanza.
Al recordarlo ahora, pienso en cómo un escritor, sin haberlo conocido realmente, puede terminar formando parte de ciertos episodios de la vida de uno. Bryce, en este caso, quedó ligado a una tarde de espera, a un libro firmado y a una historia personal que, aunque pequeña, todavía conservo en la memoria. Quizá ahí también reside algo de la literatura, en esa extraña manera de acompañarnos y de entrar, casi sin pedir permiso, en momentos concretos de nuestra propia vida.
Quizá por eso su muerte removió tantos recuerdos. De una u otra forma, todos sabían quién era Bryce, aun quienes no lo habían tratado nunca o quienes apenas lo habían leído. Su nombre estaba ahí, instalado en la memoria cultural y también, a veces, en pequeñas historias personales como esta. Al final, eso también dice algo de un escritor, que sin conocerlo, y sin que él lo sepa, puede terminar formando parte de ciertos momentos de la vida de uno.




