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Lo social es aquello que pertenece o se relaciona con la sociedad, entendida como el conjunto de individuos que comparten una cultura y establecen vínculos e interacciones que dan forma a una comunidad. En este sentido, lo social no solo implica coexistencia, sino también relaciones de poder, normas y desigualdades que atraviesan a sus integrantes.
Si lo social implica vínculos, poder y desigualdad, entonces el individuo no actúa de manera aislada, sino condicionado por estructuras colectivas que influyen en sus oportunidades, decisiones y desarrollo. Desde esta perspectiva, resulta fundamental analizar el lugar de las mujeres dentro del proceso social peruano.
Durante el periodo prerepublicano, la producción literaria femenina fue extremadamente reducida, fragmentaria y, en gran medida, invisibilizada. No se registra una participación sostenida de mujeres en géneros como el ensayo, la novela, el cuento o el periodismo, lo que evidencia su exclusión del espacio público y del ámbito intelectual.
Las principales figuras femeninas conocidas son Amarilis, autora de la Epístola a Belardo (siglo XVII), y Clarinda, autora del Discurso en loor de la poesía (1608). Ambas comparten características reveladoras: escribieron bajo seudónimo o anonimato, su identidad es incierta y dejaron una sola obra conocida. Este panorama no responde a una ausencia de capacidad creadora, sino a un silenciamiento estructural que limitó el acceso de las mujeres a la educación, la publicación y el reconocimiento.
Los cambios sociales en relación con las mujeres han sido tardíos y progresivos. Un hito importante en el Perú es el reconocimiento del derecho al voto femenino en 1955, lo que evidencia que la participación plena de las mujeres en la esfera pública es un proceso relativamente reciente.
Estas brechas no han desaparecido. Un ejemplo actual es la deserción escolar, donde persisten factores de género que afectan de manera particular a las niñas y adolescentes. Las principales causas de abandono en mujeres están vinculadas a condiciones sociales, tales como el embarazo adolescente, el cuidado de hermanos o hijos, el trabajo doméstico no remunerado y el menor apoyo familiar para continuar estudios. Estos factores reflejan que las trayectorias educativas de las mujeres siguen estando condicionadas por roles de género y desigualdades estructurales, lo que limita sus oportunidades de desarrollo.
En este contexto, es posible afirmar que el campo literario peruano continúa siendo un espacio fuertemente masculinizado. Esto se evidencia en aspectos como la predominancia de autores varones en listas de lectura recomendadas, así como en la escasa presencia de mujeres en espacios de visibilización, como presentaciones de libros y eventos literarios. Asimismo, cuando las mujeres participan en estos espacios, con frecuencia lo hacen en roles secundarios o simbólicos, lo que sugiere la persistencia de prácticas asociadas a la llamada “cuota de género”, más que a un reconocimiento pleno de su producción intelectual.
Desde el trabajo de investigación “Escritoras, no musas: la literatura de mujeres en el incierto campo peruano de la ficción”, de Ariana Gabriela Sánchez Domínguez, se cita a Rafael de la Rosa (s/f), quien señala:
“Nos educan para pensar que las mujeres están mejor capacitadas para escribir ciertos géneros, sobre todo aquellos más relacionados con las emociones. Y cuando se adentran en otros, su aportación suele tacharse como literatura juvenil (aunque no lo sea), solo porque la juvenil es considerada inferior, de menor calidad e importancia.”
Sin embargo, las mujeres siempre han escrito: desde la intimidad de poemas cálidos hasta versos que se desangran para denunciar violencias que suelen vivirse en silencio. Han escrito sobre su sentir, sobre sus maternidades, pero también desde una conciencia política que cuestiona su lugar en una sociedad construida, históricamente, a imagen y semejanza de los varones. Es una escritura que oscila entre la pertenencia y la expulsión: una forma de habitar el mundo, pero también de evidenciar que no siempre se les ha permitido hacerlo plenamente.
Diversas escritoras han abordado problemáticas sociales desde distintas perspectivas, evidenciando desigualdades, violencias y tensiones estructurales. En el contexto peruano, destacan autoras como Clorinda Matto de Turner, quien denunció los abusos contra las poblaciones indígenas en Aves sin nido; Mercedes Cabello de Carbonera, cuya narrativa cuestionó las normas sociales y morales de su época; y Flora Tristán, quien, desde una mirada crítica, reflexionó sobre la condición de la mujer y las desigualdades sociales.
En la literatura contemporánea, escritoras como Carmen Ollé han explorado el cuerpo, la sexualidad y los mandatos sociales impuestos a las mujeres, mientras que Claudia Salazar Jiménez, en La sangre de la aurora, aborda la violencia política y sus efectos desde una perspectiva femenina. Situada en el contexto histórico de conflicto armado interno entre el grupo terrorista Sendero Luminoso y el Estado peruano, la novela narra la vivencia de tres mujeres: Marcela, una militante senderista; Modesta, una campesina; y Melanie, una fotoperiodista, a partir de sus propias experiencias de la guerra interna, antes y después de su estallido.
Es fundamental mencionar a otra autora que ya se está convirtiendo en canon: Lastenia Larriva de Llona (1848–1924) fue una escritora, poeta y periodista peruana cuya obra se inscribe dentro de una temprana conciencia social y de género. A través de sus escritos, defendió la educación de la mujer y su participación en la vida intelectual, en una época en donde estas posibilidades estaban fuertemente restringidas. Su producción, publicada en periódicos y revistas, evidencia una preocupación por el papel de la mujer en la sociedad y por las limitaciones impuestas por el orden patriarcal. En ese sentido, su escritura no solo es literaria, sino también una forma de intervención en el debate social de su tiempo.
El campo literario peruano es incierto y desigual en sus mecanismos de difusión, lo que afecta a todos los autores, pero impacta de manera desproporcionada a las mujeres, quienes enfrentan mayores barreras para publicar y consolidarse como autoras. La escritura femenina no debe entenderse como un conjunto de temas “propios de mujeres”, sino como un acto que desafía estructuras de poder y rompe el silencio histórico impuesto, permitiendo a las autoras construir una voz propia.
No todas las mujeres enfrentan las mismas condiciones. Factores como la centralización en Lima, la clase social o el acceso a la educación profundizan las desigualdades dentro del propio grupo de mujeres escritoras.
Debemos leer a Magda Portal, cuyo verdadero nombre es María Magdalena Julia del Portal Moreno, quien fue una de las voces peruanas más cautivadoras del siglo XX. Vanguardista, poeta, narradora, periodista, militante política, agitadora intelectual y defensora de los derechos de las mujeres, construyó una obra y una trayectoria que desafiaron convencionalismos en un país marcado por la desigualdad social.
Cito desde el artículo científico titulado: “Todas las mujeres, toda la política: otra historia del Perú entre Manuela Sáenz Aizpuru y Clorinda Matto de Turner” de Patricia-Victoria Martínez i Alvarez ,Universidad de Barcelona: “La escritura de Manuela Sáenz, de Flora Tristán, de Juana Manuela Gorriti y de Clorinda Matto está llena de sus vivencias, de retratos realistas sobre el Perú y sobre América, y de deseos políticos que se cumplían en aquellos lugares en los que ellas estuvieron: las calles y los salones de Lima antes de las independencias, algunos campos en los que hubo batalla, los periódicos que fundaron y que dirigieron, sus correspondencias, sus casas, los auditorios de sus conferencias, sus novelas y el lugar que transformaban en el interior de sus lectoras. Tal vez, también, en el de algunos de sus lectores.”
Debemos leer y tener como referencia a María Emma Mannarelli, historiadora y ensayista, quien ha publicado columnas en prensa sobre historia de las mujeres, desigualdad y feminismo en el Perú. Es fundadora y coordinadora del Programa de Estudios de Género de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde también ha sido directora de la Escuela de Historia y coordinadora de la Maestría en Estudios de Género y Desarrollo. Uno de sus libros se titula La domesticación de las mujeres: patriarcado y género en la historia peruana.
En efecto, las mujeres escribimos por diversos motivos: por diversión, para no ahogar un grito, porque escribir también forma parte de nuestra naturaleza.
Por ello, necesitamos y promovemos estos espacios de intercambio. Agradezco al Movimiento Cultural Lima Norte por la organización del Segundo Encuentro de Escritoras de Lima Norte “Rosa del Carpio: Ser escritora en el Perú”, y a la Universidad de Ciencias y Humanidades por acoger este importante evento.
Entender la literatura peruana sin las mujeres es aceptar una versión mutilada de nuestra historia. Reconocerlas no es un gesto de cuota, sino un acto de justicia: porque cada texto escrito por ellas es también un desafío a las estructuras que intentaron callarlas.
La escritura femenina no debe reducirse a un repertorio de temas, sino asumirse como un acto político y cultural que rompe silencios históricos. Solo al integrar estas voces podremos hablar de una literatura peruana verdaderamente plural y crítica.





