
Libre e independiente presente en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
19 de marzo de 2026
Cuento: «El último arrullo», Leslie Uriarte
29 de marzo de 2026Cerca al parque Manco Cápac hay un comedor popular. Barato, ridículamente barato. Me acostumbré a ir después de que se me acabará el dinero que había juntado para venir a Lima. Hacer cola con los desamparados era el plan de medio día de lunes a viernes. Llevaba un plato y cubiertos para mí. Dentro del comedor había en su mayoría indigentes, un plato de comida a un sol no se le negaba a nadie, pero no comía adentro, recibía la comida y salía a comerla en la plaza. Sentado en una banqueta un día martes una chica de cabello corto se me acercó. Con piel canela y un lunar con forma de mapa de Ica en la mejilla izquierda.
—Hola, puedes por favor —me decía avergonzada—. Perdón, pero podrías por favor darme un poco de tu plato, no pude llegar temprano a hacer la cola.
—No creo. A mí también me cuesta conseguir la comida —le dije mientras comía el ají de gallina más insípido que había probado en la vida.
Ella se fue a la banqueta de al lado. La miraba y me preguntaba porque había reaccionado así, no podía simplemente haberle dicho que no. Lamentándome y sobándome la cabeza me acerque a ella. Le di el plato de plástico para que terminara de comer. Ella dijo gracias y solo atino a devorar toda la comida. Le había dejado casi todo y aun así parecía teniendo hambre.
—Gracias de verdad.
—Pensé que me ibas a dejar algo.
—Perdón. Es solo que en mi trabajo no me dan almuerzo. Llegué de Huaral hace unos días.
—No es necesario que me cuentes tu vida.
Después de ese día empecé a notar su presencia los días en los que iba al comedor. Nos saludábamos y comíamos en la plaza, no juntos, pero si cerca.
A las semanas ella dio el primer paso de acercarse a mí y querer conversar. Yo solo fui cortante, me dijo que era de Huaral, que venía escapando de sus papás porque querían hacerla pasar su vida en la hacienda de naranjas donde fue criada.
—¿Pero por qué vienes aquí? Tienes una vida casi hecha allá.
—Quiero ser escritora, quiero tener al menos un libro publicado aquí.
—¿Escritora? Para eso tienes que tener plata y yo te veo comiendo en el comedor.
—Lo sé, solo que estoy tratando de ahorrar y no quiero ayuda de mis papás.
Ser escritora en la Ciudad de los Reyes. Nunca me enseñó que era lo que escribía, bueno en realidad nunca se lo pedí. No sabía si tenía talento o no, y no es que no me importará, solo que tenía una cierta confianza en ella.
Me empezó a interesar, deje de verla como la chica que me pidió comida. Sin darme cuenta ya la tenía de la mano y la hacía sentarse en mi regazo.
Yo vivía en un pequeño cuarto cerca al Porvenir. La invite a vivir conmigo para que pueda ahorrar más dinero. En las noches la veía escribir en hojas de papel, unas las guardaba y otras las botaba, pero yo siempre las sacaba del tacho y las guardaba para mí, no las leía, pero me gustaba coleccionar cosas suyas.
Nuestra relación iba bien los primeros meses. Trataba de juntar un dinero y llevarla a pasear, ir a Barranco era de nuestros planes favoritos. Aunque llevábamos comida de la casa para no gastar allá, dónde, para nosotros, todo era caro.
Pero, pasamos tres años así, con toda la monotonía encima. En el mismo cuarto, misma ropa y mismos trabajos. Ella empezó a ser cortante conmigo, incluso en la cama que era el sitio donde más nos entendíamos.
Yo no pude comprender porque se puso así. Si ella estaba bien conmigo. Eso hasta que desesperada regreso temprano del trabajo.
—Estoy en cinta.
—¿Cómo así?
—No me preguntes idioteces.
—Tranquila. Lo vamos a hablar.
—Yo ya sé que hacer, pero quiero saber si vas a estar tranquilo.
—Ahora la que dice estupideces eres tú. Voy a trabajar, regreso, cocino y lo conversamos bien.
Ella tenía sus maletas listas en la entrada del cuarto. Deje las compras para la cena en la mesita junto a la cocina. La luz naranja del bombillo era cálida. Estaba acomodando su ropa en un maletín morado, sus dedos largos capulí contrastaban con sus blusas blancas.
Estaba pálida, debajo de su falda verde dejaba ver sobre sus muslos un hilo de sangre que le llegaba hasta las balerinas negras. Seria y sin mirarme me dijo “ya lo hice”. Me quedé parado, viéndola, la luz atravesaba su cabello rizado. Sabía que era probablemente la última vez que la vería.
—Pensé que aún íbamos a hablarlo —dije con voz baja.
—Pero ya lo hice, al final es algo que debí decidir yo. Es mi cuerpo.
—Te dije que iba a hacer la cena y conversamos.
—Le estás dando vueltas por gusto, ya lo hice, Eduardo, ya lo hice.
—Siempre te ha llegado lo que yo piense.
—No, solo que de entre los dos la única que está respirando soy yo. Solo yo, estoy pensando.
Me senté al filo de la cama, con las manos en las rodillas, mirando al medio de mis pies. Ella se puso frente a mí.
—¿Qué es lo que pensabas? Que seguiríamos aquí, comiendo con las justas, sentándonos en cajas de fruta porque no tenemos ni para comprarnos un par de sillas. Cuando vine a Lima pensé que lograría algo, pero fracasé. Ya le dije a mis papás que regresaría a Huaral. La miré y le respondí.
—Yo hubiera hecho todo, Angela, todo. Para sacarnos adelante.
—Sigues de necio. No puedes ni contigo e ibas a poder con una boca más.
—Tienes sangre en las piernas.
“Mierda” rebuzna, busqué un trapo y la ayudé a limpiarse.
—Entonces me quedaré solo. Cómo al inicio.
—Ya no hay nada que puedas hacer, yo me voy. Cargaré mis chivas y ya no volveré. Fracase aquí.
Aún sentado, la abracé y ella empezó a sobar mi espalda. “Perdón” me susurró. La ayude a llevar sus cosas a la terminal. Guardé sus maletas y se despidió de mí con un beso en la frente. No sé qué más le pasó después, a veces pienso si lloró al irse en el bus, mientras tapaba con la cortina su ventana para que no la viera. Espero que ella esté bien donde está, pero siempre extrañaré verla sentada al lado mío en esas cajas de fruta, comiendo lo que había y sonriendo.
Regresé al cuarto, vi vacía la caja donde ella se sentaba, tragué saliva y la levanté. Perdí el control del corazón y de los ojos, apreté mi pecho. Preparé la comida y me senté solo.
*Muestra de cuentos del «Taller de Narrativa I» dictado por Jeremías Martínez Rodríguez.



