
Cuento: «Plaza Manco Cápac», Fabrizio Romero*
29 de marzo de 2026
Cuento: «La nota en el libro», B. R. F.*
29 de marzo de 2026El bebé no paraba de llorar y nadie venía a ayudarla. La mujer se secaba las lágrimas, mientras con desesperación terminaba todos sus pendientes. Se encontraba cortando las hortalizas para la cena; sin embargo, la presión de la situación hizo que se cortara el dedo índice. Su sangre brotaba lentamente y no podía quejarse para no alarmar a sus padres. Pero, en su silencio gritaba un solo nombre, Joseph, el hombre que le destrozó la vida.
De pronto, un ruido extraño asomaba a su ventana era un tordo que picoteaba levemente. Allí se dio cuenta del reflejo de la luna llena. Aquella luna que veía junto a él, cuando sus almas aún estaban juntas y sus corazones sonaban al unísono. En ese momento evocó una noche del año anterior, donde la niña de la lámpara azul, alumbraba a dos jóvenes que recién estaban conociéndose, fue Joseph quien la enamoró y la hizo salir de su zona de confort. Hicieron muchas locuras juntos, vivían un amor desenfrenado.
—Siempre estaré contigo para protegerte Mirella — susurró finamente Joseph.
Cuando Mirella supo que una nueva vida crecía en su interior, el mundo se le vino encima en un silencio denso. Él, incapaz de sostener la mirada, solo le dijo que necesitaba pensar las cosas y no regresó más. Siendo esto el inicio de su perdición. Ella tuvo una depresión que casi la llegó a matar, pues pasó varias noches en vela llorando con ese sentimiento de culpa que no la dejaba ser libre.
No quiero ser mamá y menos aún cargar sola con una vida que no deseo. Siento que perderé a mis amigos, que perderé mi libertad y que nunca voy a ser feliz ¿Cómo cambiará mi cuerpo? ¿Podré conseguir trabajo? Solo tengo dieciocho años, ¿qué voy a hacer con un hijo? ¡Adiós a las pasarelas! Mamá tenía razón cuando dijo que todos los hombres son perfectos al inicio de la relación. Ya no sé si contarle probablemente me eche a patadas.
Mientras que en su mente se urdía una telaraña de ideas, la cena ya estaba lista. De alguna manera, ayudar en la casa de sus padres era una diminuta retribución por el apoyo que recibía de ellos.
—Ya está la cena— gritó Mirella, para que todos bajen al comedor.
—Veo que mi nieto está demasiado delgado, debe ser porque no le das de lactar— cuestionó su madre.
—Acaso quieres que mis senos luego estén colgando como los tuyos. ¡No mamá, no lo haré! — replicó Mirella.
Pero Mirella, el niño necesita de ti, ayer estuvo llorando toda la madrugada y ni siquiera fuiste capaz de atenderlo. — insistió de nuevo su madre.
Después, todos empezaron a comer en silencio como era de costumbre, hasta que su padre miró su herida.
—¿Qué te pasó en el dedo, Mirella? — preguntó su padre, con un tono preocupado.
—No es nada, solo un pequeño corte en la cocina— afirmó Mirella con voz molesta y rebelde —¿Por qué no te preocupas por tu otra familia mejor? — cuestionó a su padre.
—Mejor me voy a trabajar, esta niña ya me malogró la cena— replicó su madre.
Fue así como ella también se levantó de prisa de la mesa y se encerró en su cuarto. El padre de su hijo no estaba, tenía que atender a un bebé que no quería, tenía que realizar las labores domésticas por obligación. Todas las noches lloraba arrepintiéndose de haber conocido a ese hombre. Se agarraba la cabeza para intentar controlar las voces que salían de todos lados. Esos pensamientos la atacaban como agujas y no la dejaban alcanzar el sosiego, pues no quería criar un hijo en esas condiciones. Así pensaba en la soledad de su habitación. Allí todo era oscuro, sin ventanas, con una cuna nueva, algunas cosas desordenadas y mucha ropa por lavar. Por momentos, sentía que le faltaba el aire y su corazón palpitaba rápidamente enfrentando múltiples crisis de ansiedad repentina.
En eso, recordó cuando su hijo nació y la enfermera sin pizca de empatía, le terminó amonestando por su actitud.
—Toma a tu pequeño— indicó la enfermera.
Ella no lo quiso recibir en sus brazos porque no se sentía feliz, no sentía amor hacia él, por el contrario lo rechazaba cada vez que podía.
—¡Por favor, tómalo! ¡tu hijo te necesita! ¡Acaso no lo quieres!— replicó nuevamente la enfermera.
—Ella no está bien todavía, me encargaré yo— insistió su madre.
Su mirada estaba pérdida, no contestaba nada, solo se veían recorrer las lágrimas qué caían sobre sus mejillas. Como si se estuviera arrepintiendo de algo que iba a hacer.
Mirella miró al bebé sin sentir amor, solo quería que se callara y la dejara en paz. A veces lloraba porque no podía controlar ese sentimiento de odio hacia el niño. Con el paso de las semanas, eso se fue incrementando, las noches sin dormir, el cansancio emocional, la nostalgia de su vida pasada, el agotamiento diario, el estar encerrada, el no poder comer tranquila, el escuchar llorar a su bebé y el hecho de no tener a nadie que la ayudase, hicieron que presente alucinaciones.
Pero, un día no soportó más los gritos de su bebé, las voces en su cabeza se incrementaron diciendo: ¡MÀTALO!, porque él es la causa de todos tus sufrimientos. Tú nunca fuiste suficiente para Joseph. Tú nunca fuiste una buena hija y mucho menos nunca pude ser una buena madre. No te mereces sufrir como yo lo hice. Dios aparta de mí tu cáliz, no quiero hacer esto, pero ya no puedo más Señor. ¿Tal vez me encierren en la cárcel?
En ese momento, se acercó a su cuna con una lentitud impropia, levantó al bebé para arrinconarlo en la cama, luego, lo empezó a desvestir con extrema delicadeza para que no despertara. Hubo un silencio sepulcral cuando lo llevó a la bañera. A pesar de que estaba dormido se esbozaba una leve sonrisa en sus mejillas, que la hicieron dudar por un instante. Lo arrulló, le dio un beso en la frente y se despidió. Por un breve lapso, las voces en su cabeza quedaron en pausa, sacó el cuerpecito del agua y lo acomodó como si aún durmiera en la cuna. Haciendo el menor ruido, le colocó su colchita favorita y una almohada suavecita bajo su cabeza. Después, guardó todas sus cosas en una mochila y se fue para ya no volver.
Su madre la vio marcharse nerviosa, como un murciélago espantado por la luz. No sabía qué era lo que había ocurrido, pero tenía el presentimiento de que algo no iba bien. Para disipar sus dudas, ingresó al cuarto de su hija, observó que la cama estaba impecable; sin embargo, el sonido del agua irrumpió la tranquilidad, ya que la bañera se estaba desbordando. Inmediatamente, apagó la llave con sus manos temblorosas, sintiendo miedo de su propia hija. Entonces, fue hacia la cuna a buscar a su nieto y lo vio cubierto con su mantita, totalmente pálido, inmóvil, con una quietud que no pertenecía al sueño. Y cuando lo tocó lo supo. ¡Nooo… no puede ser! Se oyeron gritos de horror hacia aquel trágico escenario. La mirada del pequeño la hizo llorar con amargura y lástima, ¿qué había pasado?, ¿por qué su hija había hecho algo así? Se cuestionaba sin hallar una respuesta que le despejara sus dudas.
En ese instante, vino a su mente una conversación de cuando Mirella aún estaba embarazada. Ella le había confesado que sufría de alucinaciones, porque sentía mucho odio por dentro. Pero no buscó ayuda, ni le dio consuelo: la señaló a ella como culpable. Dijo que todo ese rencor, podía ser transmitido al bebé.
La madre de Mirella nuevamente vio el cuerpecito tendido en la cuna y le dijo con una voz suave y acongojada: Perdóname, yo nunca entendí a tu madre, debí apoyarla más. Enseguida, llamó a la policía para que investiguen el caso y encuentren a su hija.
Al día siguiente, diferentes diarios de la ciudad difundieron la noticia, pero muchos de ellos cambiaron la versión. Decían que ella había acuchillado al bebé, otros decían que lo había asfixiado con una almohada hasta dejarlo sin respiración, incluso algunos habían dicho que lo había envenenado, pero nada de esto era cierto. Este caso le llamó mucho la atención a la Dra. Torres, una reconocida psiquiatra de la ciudad, quién pidió una entrevista privada con la madre de la chica. Así que, quince días después de la desaparición de Mirella se reunieron.
Allí, la doctora empezó a reconstruir los hechos y le explicó que todas sus frustraciones, sus cansancios y sus alucinaciones se convirtieron en una psicosis posparto que la llevó a ahogar al niño en la bañera. Aclarada la situación, en el pueblo jamás se escuchó hablar de Mirella Vásquez. Solo parecía quedar suspendido, un sórdido murmullo en las esquinas, sobre la certeza de su crimen: haber matado a su propio hijo y la condena de no haber sido una buena madre.
*Muestra de cuentos del «Taller de Narrativa I» dictado por Jeremías Martínez Rodríguez.



